Sergio Villena Fiengo
El trabajo de Óscar Figueroa sorprende por su capacidad conceptual y su destreza plástica para hibridar, material y semánticamente, los símbolos de la identidad nacional que se han acumulado a lo largo de la historia costarricense. Su propuesta crítica sobre la nación se ha centrado particularmente en dos momentos fundamentales del devenir de la nación: el periodo del “idilio campesino” o “edad de oro”, propio del liberalismo decimonónico y el periodo de la “globalización”, característico del neoliberalismo del segundo milenio. Es decir, tomando la terminología de Bauman, podríamos decir tal vez que se concentra en dos estados de la nación: el estado sólido y el estado gaseoso.
La manera de trabajar de este artista se ha caracterizado por la producción de imágenes y acciones en las que contrasta, sobrepone, hibrida los símbolos de lo que podríamos llamar el “momento constitutivo” de la nación con los símbolos del momento actual, en el que la misma existencia de la nación se encuentra en duda. Podría decirse, por lo tanto, que sigue el método propuesto por Walter Benjamin para hacer “estallar la historia” o, al menos, para contar la historia a contrapelo: la construcción de imágenes dialécticas (o de imágenes heterogéneas, como prefiere Ráncière), le sirve para mostrar –de manera más irónica que trágica, más carnavalesca que dramática- los cambios económicos y culturales que marcan ambas épocas.
Su propuesta consiste en intervenir sutilmente el imaginario “clásico” del nacionalismo bucólico costarricense con las imágenes que marcan el presente desde una perspectiva que, de manera curiosa, recuerdan a las tesis marxistas más duras: las imágenes de la nación sobre las que trabaja Figueroa no son las que remiten a las “superestructuras” culturales de la nación, como podrían ser los símbolos nacionales o las creaciones culturales canonizadas como patrimonio nacional, sino más bien las que se construyen directamente sobre la representación figurativa de su “base o estructura” económica. En sus imágenes y acciones, el café y el banano, los productos fundamentales de la economía costarricense hasta hace no mucho tiempo, adquieren una potente dimensión simbólica y entran en diálogo/tensión con el producto que, desde mediados de la década de los 90 del siglo pasado, contribuye prioritariamente al PIB y a las exportaciones nacionales, con su contraparte negativa en la balanza de pagos: los circuitos electrónicos/computacionales, producidos como maquila de alta tecnología por compañías transnacionales que, ubicada en una zona franca de esas que se resisten a pagar impuestos, constituye una forma actual de economía de enclave, como en su época lo hicieran las plantaciones bananeras.
En ese ejercicio, se ponen en tensión el valor de uso, el valor de cambio y el valor simbólico de los bienes producidos para exportación. Si bien es evidente que entre el valor de uso del café/banano y los chips de computadora hay un abismo, es también claro que --para una nación periférica- ambos productos son sólo valores de cambio sujetos a los vaivenes del mercado mundial, que se extraen/producen para consumo externo. Con notable habilidad mimética, Figueroa manipula estos objetos-fetiche, poniéndolos en una nueva constelación simbólica: si en los discursos nacionalistas globalifílicos del presente, los chips de computadoras se presentan como el nuevo “grano de oro”, como un renovado equivalente del símbolo positivo de la identidad nacional que glorificó la imagen del “labriego humilde y sencillo”, el artista nos hace ver que, detrás de esa asociación positiva manifiesta, hay una verdad latente: la equivalencia simbólica entre los chips de las computadoras y el banano, ese producto cuya marca estigmática en la historia nacional está “reprimida” pero que nos es constantemente recordada desde afuera, donde se piensa en Costa Rica menos como una nación cafetalera que como una república bananera. Al poner en tensión el valor de uso y el valor de cambio entre los productos que, a lo largo de la historia, han representado la constante en la vinculación con la economía capitalista mundial, Figueroa genera un cortocircuito simbólico que hace evidente el carácter subdesarrollado de la nueva economía. Muestra que más allá del cambio en el valor de uso del “producto estrella” que, según los mandatos de la época, se produce para el mercado mundial, este cambio cosmético que sirve de soporte al discurso de la “(pos)modernidad” oculta una verdad que nos negamos a aceptar: seguimos siendo una nación que, aunque produzca chips de última generación, mantiene su carácter periférico en el sistema económico mundial, puesto que las decisiones últimas sobre qué y cómo producir no responden a nuestras propias necesidades, sino a los imperativos funcionales del sistema.
Precisamente, en los trabajos de Figueroa, las piezas de computadora, pepenadas entre la basura tecnológica que satura el planeta, transmutan en los “productos estrella” que las preceden: los mouses de computadora se “tropicalizan” y apilan en racimos protegidos con capas curadas con insecticida, como en las fincas bananeras; las teclas de computadora se someten a un proceso de secado y empaque que recuerda a los “beneficios” de café; los circuitos de computadora se estampan sobre las hojas de banano y también sobre las imágenes que evocan un pasado bucólico; la imagen alegórica del cargador portuario de racimos de banano se sobreimprime –cual logotipo espectral de la nación- en los cajeros automáticos; los cables de computadora se hibridan con las chiras del banano en una serie infinita, aparentando una siniestra chayotera cyborg, un híbrido tecno-orgánico de mil cabezas que, más que evocar una placidez bucólica del idilio campesino, amenaza con devorar todo lo que está en derredor.
Estas hibridaciones entre la economía del pasado y la economía del presente, entre lo orgánico y lo tecnológico, permiten lecturas distintas, incluso contrapuestas, al menos en apariencia. Por un lado, pareciera que el pasado se niega a morir, se repite mecánicamente, en un gesto inercial, reflejo, hasta neurótico [¿será esta la neurosis de la identidad?]: la economía ha cambiado, pero persiste su huella cultural. Desde este punto de vista, la pseudomodernidad tecnológica no hace mella en el arcaísmo cafetalero, en la inercia bananera, que persisten como la marca de la identidad nacional. Por otro lado, en dirección contraria, podría también decirse que el presente tecnológico coloniza al pasado, lo resignifica, lo resemantiza, lo canibaliza. Se apropia de la huella cultural del pasado, le imprime su sello, se presenta como continuidad, más que como ruptura…pretende ser el resultado natural del devenir histórico, la actualización del telos que marcó el inicio de la historia gloriosa de la nación, destinada a ser global desde siempre. Gracias a las hibridaciones que nos presenta Figueroa, se nos abre una nueva manera de ver/conocer el proceso de imaginación de la nación, de reflexionar sobre el devenir de la identidad nacional costarricense. Las imágenes dialécticas que nos ofrece nos llevan inevitablemente a sospechar que “el gran incógnito” que desvelaba a los filósofos étnico metafísicos de la primera mitad del siglo XX no es el campesino enmontañado productor de café o el proletario agrícola de las plantaciones bananeras. La cifra de la identidad nacional habría que buscarla en la relación entre los procesos de imaginación de la nación y las exigencias del sistema capitalista mundial, puesto que es éste el que, según la época y sus necesidades, nos recicla material y simbólicamente, nos refuncionaliza y nos hacen reimaginar la nación constantemente. En definitiva, el trabajo de Oscar nos muestra que la mutación de nuestro “ser” desde el nacionalismo étnico metafísico hacia el globalismo técnico-bucólico, está marcado por una misma constante: el carácter persistentemente periférico de nuestro lugar en el mundo. Abonan a esta hipótesis interpretativa sus intervenciones a los “Billetes de Costa Rica” (2007), las cuales recuerdan también a algunos anuncios publicitarios y políticas de reforma urbana que, como lo muestra la antropóloga Carmen Araya en un libro reciente, se afanan por mostrar el “parecido” entre San José y París, Nueva York y, cualquier día de estos, Beijin.
Sabanilla, 31 de octubre de 2011
Texto leído el 2 de noviembre de 2011, con ocasión del conversatorio sobre la exposición “Sistema Musacea”, presentada por Óscar Figueroa en el MADC durante el mes de octubre de 2011.