Esta serie de pinturas son construidas a partir de bolsas recicladas utilizadas en las plantaciones bananeras para envolver los racimos y protegerlos de plagas. Las piezas parten de un desplazamiento material y conceptual: un desecho agrícola —concebido para preservar la “calidad” del fruto destinado al mercado internacional— se convierte en superficie pictórica, soporte expandido o masa que desborda del bastidor.
La propuesta trata de articular la noción de “efecto plaguicida” como metáfora de los modos en que los procesos económicos, sociales, políticos y estéticos han sido modelados, controlados o directamente neutralizados por los paradigmas hegemónicos en países periféricos. La pintura, en lugar de afirmarse como objeto estable, busca mostrar sus fugas: se derrama, cae, excede, se descompone fuera de los límites tradicionales del soporte, subrayando su oposición al bastidor moderno como dispositivo de contención de la imagen pictórica.
La propuesta apunta así a una tensión entre dos operaciones aparentemente opuestas: proteger (como hacen las bolsas en el campo) y asfixiar (como lo hacen las estructuras de poder que regulan qué vidas, qué producciones y qué imágenes son “deseables”, “rentables” o “presentables”). En este punto, la lógica del monocultivo bananero se enlaza con la de la monocultura estética; ambas operan mediante selección, eliminación y estandarización, produciendo entornos donde lo diverso es considerado “plaga”.
Así, las bolsas, desechos industriales tóxicos, se vuelven un eco directo de la economía del descarte que atraviesa tanto la producción agrícola como la circulación de imágenes: cuerpos, objetos y formas se vuelven excedente, y la pintura derramada fuera del bastidor opera como el rastro material de esa lógica.
En este recorrido apareció un episodio que expone, casi de manera involuntaria, la dimensión geopolítica de las pinturas: cuando una de estas piezas llegó al Tate Modern —un espacio de legitimación particularmente contundente— la institución colocó un cordón de seguridad no para proteger la pintura del público, sino —irónicamente— para proteger al público de la pintura. Una de las curadoras expresó su preocupación formal por “los pesticidas presentes en el plástico celeste”, por su posible toxicidad y por si ese material estaba siquiera permitido en el Reino Unido; pidió nombre de la marca, tipo de químico empleado y garantías sanitarias antes de autorizar su instalación en una sala con circulación de aire controlada a través del departamento de Salud y Seguridad del Tate, que debía evaluar el riesgo antes de permitir su exhibición.
A partir de esas dudas institucionales, llegaron a la decisión de colocar un cordón de seguridad, un gesto que invierte completamente la lógica museística tradicional: aquí no se resguarda la pintura del público, sino al público de un material latinoamericano asociado —desde el campo— a la idea de plaga, alimentando la paranoia a la plaga latinoamericana.
Bag for covering bunches of bananas in the fields to protect them from pests, on wooden frames
These pieces are "paintings" made from recycled bags that were used to cover bunches of bananas in the fields to protect them from insects. "The pesticide effect" is linked to the economic, social, political and artistic processes that the hegemonic paradigm has been able to control, prevent or destroy in peripheral countries. The "paintings" overflow, spil, spread out or fall off their surface.








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