Óscar Figueroa y el pasado que no cesa

David Díaz Arias Historiador Director Centro de Investigaciones Históricas de América Central Universidad de Costa Rica 
* Texto realizado, para el catálogo  sobre la exposición “On the other side of the railroads", presentada por Óscar Figueroa en el MADC en el 2015


El historiador británico Eric Hobsbawm había escrito que el ser humano está inmerso en el pasado, como un pez en el agua. Esto nos lleva a plantear que visitar el pasado es una constante en la vida cotidiana de la gente. El pasado, apoderado de las ciudades, los puertos, los espacios y las vidas, está siempre ahí y está tan presente, que no se ve o no nos enteramos de su presencia debido a que nos envuelve. Como el pez al agua, el ser humano precisa de su pasado para vivir. Pero basta con querer verlo (sacar el pez fuera del agua), para encontrar el pasado en cada detalle de aquello que estuvo aquí antes de que llegáramos. Y todos, de alguna manera, hemos llegado: como sujetos nuevos en este mundo y como migrantes. Por eso, partir a conocer el pasado implica re-adquirir esa condición de migrante y de ser nuevo, para advertir en él todo lo que nos esconde en su profundidad de mar. La metáfora pasado-mar es, en ese sentido, muy real.  

El Atlántico y el Caribe son, en esa vía, conexiones fundamentales con el pasado migrante; unas galerías que se mueven y que conectan los mundos de los que estaban y los que vinieron. Por sus aguas han fluido los viajeros y los trabajadores. Pocas veces prestamos atención a esa condición del mar como conexión y como separación. Oscar Figueroa, sin embargo, nos interpela directamente al respecto al hacer confluir las distancias geográficas y temporales en un puente artístico. Ese puente de la vida lo construye Figueroa a partir del cabello, de la madera, del hierro, de la herrumbre, de la fotografía, de la arena, del cincel, del espejo… y todo lo hace como parte del Otro (el pasado, el migrante, el diferente) pero para remitirnos a nuestra propia esencia. Nos acechan así puentes de cabellos que muestran cómo la construcción del progreso significa el paso de los días y el cabello que crece con el tiempo pero que también representa las horas que se fueron en la labor tenaz de la producción del futuro. La identidad mutilada en aras del progreso. ¿A qué debemos tanto atractivo de esa palabra progreso? Figueroa nos muestra la relación entre lo profundo de esa definición y lo que oculta. ¿Puede haber una nación moderna sin progreso?  ¿Cuánto cabello se ha ido en ese empeño? ¿Cuántas vidas?   

Los puentes suelen estar unidos por clavos. Los clavos tienen mucho de esa esencia del pasado que penetra y que provoca heridas en la madera, en los durmientes, y en la vida. Figueroa toma esos clavos, oxidados, los extiende por las paredes y nos da un camino de subidas y bajadas que reflejan una ruta por el mar que nos vuelve hacia el pasado y que nos interpela en nuestra identidad. Los ayer migrantes continúan ahí, pero no son solo otros, sino parte nuestra. Los clavos que se sacan, ya oxidados, son una representación del pasado que sale y muestra sus huellas. Sacarlos es quitar la cerradura de pasados olvidados o silenciados, que basta con observar detalladamente para advertir sobre su presencia y para identificar sus hilos en nuestra realidad. Muchos migrantes dejaron la vida en esos durmientes y en esos clavos para producir nuestra nación. El hierro venido desde fuera y convertido en clavo, se une con la madera autóctona y se estrechan para la posteridad. 

El viaje hacia lo ido se produce así, por medio de los rastros del pasado, pero también por medio del espejo. El espejo, reflejo del presente del que se mira, es usado de manera distinta por Figueroa. Así, al contemplar las vías migratorias del pasado por el espejo de un durmiente, Figueroa nos hace advertir que somos el resultado de una historia que se va hacia atrás y vuelve al día de hoy y nos hace lo que somos, aún a pesar de que muchos de los eslabones de  esa historia hayan sido borrados por el presente que insiste en mostrarnos solo el espejo del futuro. Esto nos lleva a otra constatación sobre los objetos de Figueroa. Un durmiente se parece a un ser humano abatido en el suelo. El tren que pasó por él, lo dejó tirado, allí, clavado en el pasado y sosteniendo de paso el progreso. Abatido pero fuerte; derruido pero entero en su esencia; oloroso al moho que se le ha pegado en este paisaje tropical donde la selva, cual discurso oficial de la nación, cubre muchos pasados. Las letras inscritas en esos cuerpos son un recuerdo de las que cargamos todos los días en un presente que etiqueta con prejuicios y que trata de homologar la diversidad que nos ha hecho ser lo que somos. La nación que somos descansa sobre todos esos durmientes, sin duda.   

Una nación no puede ser sin su gente (toda ella). ¿Una nación es tal sin su economía? No. Y en ese aspecto también brilla el pasado, pero ideado por los nacionalistas y los políticos de turno de forma que aparezca sin contradicciones, sin explotación y sin dolores. Es como si el presente hubiera sido parido con anestesia, aunque no lo fue.  Figueroa, en cambio, toma otra ruta. Así, arranca los símbolos de esa contradicción entre pasado explotado y futuro de progreso y quita actores de esa economía (retratados en los billetes) para que, al hacerlo, nos percatemos de que falta algo en la historia. ¿Una nación es tal sin eso que falta? Silenciado al normalizarlo como si no estuviera, basta con quitarlo para advertir su presencia. La nación sería, así, tanto lo visto como lo escondido, lo presente como lo silenciado, lo fraternal y la explotación.  

¿En qué parte estamos de esta Historia que narra artísticamente Figueroa? ¿Desde dónde miramos el tren del pasado que pasa sobre los rastros de lo que nos ha hecho ser lo que somos? ¿Aparecemos distantes o nos identificamos con la otra parte del espejo donde se refleja el riel y nos reflejamos nosotros? ¿En dónde está nuestra nación: aquí o allá? Las preguntas que motivan la obra de Figueroa son nuevamente clavos que penetran y salen de la piel-madera que le da diseño a esta nación.  

La arena que se moja por el mar. El mar que borra lo que en la arena se haya escrito y se lo lleva lejos, aunque lo devuelva. Las piedras sobre las que se escribe ese pasadopresente que es lanzado al mar para que se vaya, pero que vuelve. Instintivamente pensamos que lanzar algo lo aleja y lo borra, pero Figueroa muestra cómo la operación también sirve para el recuerdo.  

Finalmente, ¿a dónde nos lleva el viaje de Figueroa? Hacia unas bolsas llenas de insecticida en donde se puede permanecer sin riesgo pero por pocos minutos. Son bolsas azules, como el mar, que ahogan con su olor y que pretenden proteger la fruta del progreso: el banano. Son bolsas que ahogan la vida de quienes, todos los días, se empeñaban en recoger la fruta del progreso y protegerla para que llegara intacta a la mesa del primer mundo. Hay un rastro imborrable en esas bolsas; se trata del rastro de una nación que al negar su pasado, sus migrantes y tratar de protegerse de lo que le dañe, deja ver todas sus heridas y se vuelve frágil. Las naciones son así, creaciones frágiles que descansan sobre durmientes muertos atados al pasado por clavos corroídos y transitan por rieles etiquetados y por puentes de cabello. Se podría decir que penden de un hilo. Pero Figueroa corta todos los hilos y deconstruye esa nación. En esa operación, Figueroa logra replantear nuestra relación con la nación y con su pasado y diversidad. Nos ha parado frente al espejo y nos ha hecho vernos del otro lado. Somos tanto aquello como esto y de ese reconocimiento depende nuestro presente y nuestro futuro. Al llegar al mar, Figueroa nos advierte sobre la historia que encierra y nos reta a aguantar allí el paso del tiempo, mientras nos revela de dónde somos. Su operación tiene éxito. Uno vuelve de su obra con la consciencia de que el pasado no está ido, sino en nosotros mismos y que es, como apuntara un verso de Miguel Hernández sobre el rayo, un pasado que no cesa.