En esta pieza utilizo un “gato de la fortuna” de plástico comprado en una tienda china y quinientos barquitos hechos a partir de billetes de cinco colones costarricenses. Me interesa el encuentro entre dos economías simbólicas: por un lado, el objeto decorativo que promete prosperidad desde la estética comercial asiática; por el otro, una moneda nacional prácticamente sin valor en el sistema económico actual, reducida aquí a material para plegar.
Los barquitos estan pensados como unidades repetidas que, al acumularse, crean un paisaje saturado. El valor económico del billete es casi inexistente, pero su valor material aumenta cuando se convierte en objeto: pesa, ocupa espacio, se multiplica. Me interesa esa paradoja: un billete que ya no sirve para comprar nada se vuelve significativo cuando se repliega cientos de veces.
El “gato de la fortuna” funciona como una figura central que no controla nada. No es un amuleto, ni un símbolo cultural profundo: es un producto barato, producido en masa, que llega a Costa Rica a través del comercio globalizado. Al colocarlo sobre un mar de barquitos hechos con la moneda local, la pieza plantea una relación desbalanceada: la idea de fortuna importada frente a la economía mínima que representan los cinco colones. Su mano se mueve constantemente, un gesto mecánico que insiste sin asegurar nada.
Esta propuesta trabaja con mis intereses habituales: repetición, acumulación, esfuerzo físico y materiales de bajo valor. Doblar quinientos billetes requiere tiempo, constancia y cuerpo, pero lo que me interesa es cómo esa repetición transforma la percepción del material.
La pieza trata de evidenciar cómo los objetos circulan, se resignifican y se mezclan en economías desiguales. El “gato de la fortuna” y los barquitos —cada uno con un valor casi simbólico— conviven en un paisaje de acumulación modesta, ineficiente, pero insistente.
.jpg)
.jpg)